miércoles, 4 de junio de 2014

Salvando el matrimonio

Era invierno y yo acababa de llegar a casa. Nuestro hijo ya estaba durmiendo, y mi esposa me sirvió la cena con el mutismo habitual. Mientras ponía el plato, le tomé la mano diciendo:
-Tengo algo importante que decirte.

Ella se sentó en silencio. Pude ver sufrimiento en sus ojos. De repente, yo también me quedé sin palabras. Pero ciertamente tenía que decir lo que estaba pensando. Quería el divorcio. Así que tragué saliva, cerré los ojos un instante y abordé el asunto con calma. Ella no parecía enfadada, ni irritada; simplemente me preguntó en voz baja:
-¿Por qué?

Como yo no le respondí, se irritó. Insistió pero no le contestaba, así que tiró del mantel y todo lo que había encima de la mesa cayó estrepitosamente al suelo, mientras gritaba:
-¡No eres hombre!

Aquella noche no conversamos más. Pude oírla llorar. Yo sabía que ella quería un motivo para comprender mi empeño por acabar con nuestro matrimonio, pero yo no podía darle una respuesta satisfactoria. Mi corazón ya no le pertenecía, yo me había enamorado de Jane. Simplemente no amaba a mi esposa, pero me daba pena. Sintiéndome culpable, hice un borrador de los papeles del divorcio, dejando para ella la casa, el coche y el 30% de las acciones de mi empresa. Habiendo creído que mi conciencia estaba aliviada, conseguí dormir.

A la mañana siguiente ella vio el papel que había dejado en el escritorio y lo rasgó violentamente. A partir de entonces, la mujer con la que había vivido los últimos 12 años de mi vida se tornó una extraña para mí. Me dolía ese desperdicio de tiempo y energía conmigo, pero yo no me iba a retractar de mis palabras: yo quería a otra mujer, a Jane, y a ella sencillamente ya no la quería. Comencé a sentirme liberado cuando ella lloraba delante de mí; lo hacía muy alto y lo acompañaba de aspavientos, por lo que cada vez me obsesioné más con la idea del divorcio, viéndolo como la salida a aquella desagradable situación.

Al cabo de dos días, llegué tarde a casa y la encontré escribiendo en el escritorio. No pasé por la cocina para cenar lo que me hubiese preparado, pues estaba muy cansado después de haber pasado el día con Jane, y fui directamente a dormir. En medio de la noche me desperté; ella seguía escribiendo. La ignoré, me di la vuelta en la cama y volví a dormir. A la mañana siguiente se me presentó con las condiciones para aceptar el divorcio: me pedía un mes para firmar los papeles y aseguraba que no quería nada mío. Pidió que durante 30 días viviésemos de la forma más natural posible, por la sencilla razón de que nuestro hijo tendría los exámenes finales la próxima semana y debíamos evitarle lidiar con la separación de sus padres, creando un ambiente propicio para que se preparase para las pruebas académicas.

Aquello me pareció razonable, pero luego hizo otro requerimiento:
-¿Recuerdas el día que nos casamos, cuando me metiste en casa en tus brazos?

Afirmé y me pidió que todas las mañanas de los próximos 30 días repitiese aquello, llevándola desde la habitación hasta la puerta de la casa. Entonces fue cuando me di cuenta de que estaba totalmente loca. Pero si realmente quería conseguir el divorcio, y no pasar el próximo mes aguantando más lloros, debía aceptar, y eso fue lo que hice. Cuando se lo conté a Jane se rió, coincidiendo en lo absurdo de la idea:
-Tu esposa pensará que imponiendo condiciones conseguirá cambiar alguna cosa, pero lo importante es que encare la situación y acepte el divorcio.

Mi esposa y yo no habíamos tenido contacto físico desde hacía mucho tiempo, por lo que fue una sensación totalmente extraña portarla en brazos el primer día. Cuando nuestro hijo nos vio, aplaudió y exclamó:
-¡Papá está llevando a mamá en su regazo!

Sus palabras me sacudieron. Pasamos así por el salón y el corredor, y mi esposa, recostada sobre mis brazos, cerró los ojos y me dijo en voz baja:
-No le digas a nuestro hijo lo del divorcio.

Yo sacudí a cabeza disconforme y, después del paseíto de unos diez metros, la posé en el suelo en cuanto cruzamos el umbral de la puerta. Ella salió a coger el autobús para ir al trabajo y yo subí al coche para hacer otro tanto.

El segundo día fue más fácil para nosotros. Ella se apoyó sobre mi pecho, y pude sentir el olor del perfume que usaba. Entonces me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no prestaba atención a esa mujer. Ciertamente, en los últimos 12 años había envejecido: había arrugas en su rostro, y su cabello se estaba volviendo fino y grisáceo. Realmente nuestro matrimonio había impactado en ella físicamente. Por un instante pensé en lo que había hecho para que ella estuviese en ese estado. El cuarto día, cuando la levanté, sentí una intimidad mayor hacia su cuerpo. Esta mujer me había dedicado 12 años de su vida. El quinto día, lo mismo...

No le había dicho nada a mi amante, pero cada día me parecía más fácil llevar a mi mujer desde la habitación hasta la puerta de casa. Pensé que probablemente se debía a que mis músculos estaban más firmes con el ejercicio diario. Cierta mañana me acerqué a ella para cumplir con la tarea diaria y vi que estaba intentado elegir un vestido frente al armario, pero, por más que se probaba varios, no encontraba ninguno que le sirviese.
-Todos mis vestidos me quedan grandes -suspiró

Entonces percibí que realmente había adelgazado mucho: de ahí la facilidad de cargarla hasta la puerta de casa en los últimos días. La realidad cayó sobre mí como una losa y el remordimiento me corroyó: ella debía soportar tanto dolor y tristeza... Instintivamente, alcé la mano y toqué su cabello. En ese momentó entró nuestro hijo en la habitación y dijo:
-Papá, es la hora de que lleves a mamá

Para él, ver a su padre cargando con su madre todas las mañanas se había vuelto ya parte de la rutina de la casa. Mi esposa le abrazó y le tuvo retuvo en sus brazos durante unos segundos muy largos. Yo tuve que darme la vuelta, pues mis pensamientos se confundían y temía cambiar de idea ahora que faltaban apenas unos días para conseguir mi objetivo. Rápidamente la cogí en mis brazos, yendo de la habitación al salón y de allí a la puerta de casa. Su mano reposaba en mi cuello. Yo la agarré fuerte contra mi cuerpo. Recordé el día de nuestra boda.

Pero su cuerpo delgado me había entristecido. El último día, cuando la tomé en mis brazos, por algún motivo no conseguía mover las piernas. Nuestro hijo ya había salido hacia la escuela y yo de repente me vi diciendo:
-No me di cuenta de cuánto hemos perdido nuestra intimidad todos estos años

No conseguí ir al trabajo aquel día... Fui hacia mi futura nueva dirección, salí rápidamente del coche, con miedo de cambiar de idea, subí las escaleras y llamé a la puerta del dormitorio. Jane abrió la puerta y le dije:
-Lo siento, Jane. No quiero divorciarme.

Ella, sin creérselo, me tocó la frente preguntando si tenía fiebre. Retiré su mano de mi cabeza y repetí:
-Perdona, Jane. No me voy a divorciar. Mi matrimonio se tornó insulso porque no supimos valorar pequeños detalles en nuestra vida, no por falta de amor. Ahora me he dado cuenta de que desde el día en que tomé entre mis brazos a mi mujer y la conduje hasta nuestra casa el día de nuestra boda, debo sostenerla todos los días de nuestra vida hasta que la muerte nos separe.

Ella entonces comprendió que iba en serio. Con el rostro desencajado, me dio una bofetada en el rostro y cerró la puerta en mi cara. La oí llorar compulsivamente mientras volvía al coche e iba a trabajar.

A la vuelta, paré en la floristería y compré un gran ramo de rosas para mi esposa. La dependienta me preguntó qué debía escribir en la tarjeta. Sonriendo, le contesté que escribiera: "Te llevaré en mis brazos todas las mañanas hasta que la muerte nos separe".

Aquella noche, cuando llegué en casa con el ramo de flores en la mano y una gran sonrisa en el rostro, fui directamente hacia nuestra habitación y encontré a mi mujer acostada en la cama. Estaba muerta.

Mi esposa tenía cáncer y llevaba varios meses siguiendo un tratamiento, pero yo había estado muy ocupado con Jane para notar que había algo mal en ella. Ella sabía que iba a morir en breve y quiso salvar a nuestro hijo de los efectos del divorcio de sus padres. Prolongó nuestra vida juntos proporcionando a nuestro hijo la imagen de nosotros dos juntos cada mañana. Así, a ojos de mi hijo, yo quedaría como un marido cariñoso. No era la casa, ni el coche, ni el dinero del banco, lo que ella quería, sino los pequeños detalles de nuestra vida íntima. En apenas un mes, consiguió salvar nuestro matrimonio.

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