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viernes, 9 de marzo de 2018

La lección del lápiz

Un niño miraba curioso cómo su abuela escribía. En cierto momento, le preguntó:
- Abuela, ¿que estás escribiendo?

Su abuelita sonrió, miró el papel y el lápiz y contestó con dulzura:
- Escribo sobre ti. Pero es más importante el lápiz que empleo que lo que escribo.

- ¿Pero cómo, abuela? -cuestionó el pequeño, intrigado-. Parece un lápiz como todos los demás.

- Sin embargo -repuso la sabia anciana- hay cinco cualidades en él que, conservándolas, te procurarán una vida tranquila.

- ¿Y cuáles son?

- La primera es que puedes hacer grandes cosas si te guía una mano sabia. Cuando dejas que Dios guíe tus pasos, amoldándote a su voluntad, no escribes garabatos sino maravillosas poesías.

»Lo segundo es el valor del sufrimiento. Fíjate, a veces el lápiz se gasta y necesito usar el sacapuntas; afilarlo es doloroso, pero después cumple su misión muchom mejor.

»La tercera lección que nos enseña el lápiz es que lo verdaderamente importante es el interior. Más allá de su forma, su tamaño o la calidad de su madera, la esencia del lápiz es el grafito; cuida, pues, tu interior.

»En cuarto lugar, un trazo a lápiz puede ser borrado fácilmente con la goma. Debes aprender que no es malo corregir, sino que ayuda a crecer y a mantenerse en el camino correcto.

»Por último, la quinta cualidad del lápiz es que, incluso cuando se borra, deja una marca. Todo lo que hagas en tu vida, de hecho, dejará huella. Saber esto te ayudará a ser más consciente y más responsable con todas tus acciones.

lunes, 7 de octubre de 2013

El niño y la camarera

En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó a una mesa. La camarera puso un vaso de agua enfrente de él.

- ¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con nueces? -preguntó el niño
- Cincuenta peniques -respondió la camarera.

El niño saco su mano de su bolsillo y examinó un número de monedas.
- ¿Cuánto cuesta un helado solo? -volvió a preguntar

En ese momento había algunas personas que estaban esperando por una mesa y la camarera ya estaba un poco impaciente.
- Treinta y cinco peniques - dijo ella bruscamente. 

El niño volvió a contar las monedas y dijo:
- Quiero el helado solo

La camarera le trajo el helado con mala cara, puso la cuenta en la mesa y continuó atendiendo a los demás clientes. El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue. 

Cuando la camarera volvió, empezó a limpiar la mesa y entonces le costo tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente junto al plato vacío, había veinticinco peniques. ¡Su propina!