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sábado, 21 de diciembre de 2013

Preparando un pesebre...

Un hombre decidió hacer del tiempo de Adviento su propio camino físico además de espiritual y emprendió un viaje. Llegó a una tierra en la que quedó maravillado de la belleza de los campos, los arroyos, la luz del sol sobre el paisaje. Habiendo avanzado por allí vio una población. Comenzó a distinguir las casitas del pueblo, sencillas, coloridas y con las puertas abiertas de par en par.

Para su sorpresa, de una de ellas salieron tres hermanitos que le recibieron llenos de alegría en su casa. El viajero se hospedó en casa de esta familia, de la que aprendió a hornear el pan, trabajar la tierra, ordeñar las vacas… Había una cosa que le llamaba especialmente la atención de la rutina familiar: en ocasiones, tanto el padre como la madre o los hijitos se acercaban a una pequeña mesa en la que habían colocado las figuras de la Virgen María, san José, una mula y un buey, y con delicadeza colocaban un trocito de paja entre María y José. Así, cuando la Navidad se aproximaba, el colchoncito de paja iba aumentando y haciéndose más mullido.

Cuando le llegó al viajero el momento de partir, la familia le dio pan recién horneado y leche, lo abrazaron y se despidieron de él. Saliendo por la puerta, preguntó:
-¿Por qué ibais dejando esas pajitas a los pies de María y José?

Ellos sonrieron y el niño más pequeño le contestó:
-Cada vez que hacemos algo con amor, buscamos una pajita y la llevamos al pesebre, preparándolo para que cuando llegue Jesús, María tenga un lugar para recostarlo. Si amamos poco, el colchón será pobre, delgado y frío, pero si amamos mucho tendrá un lugar cálido y bueno para estar.

sábado, 15 de diciembre de 2012

El regalo de Navidad

En 1994, dos americanos respondieron a una invitación del Departamento de Educación Rusa para enseñar moral y ética (basadas en principios bíblicos) en las escuelas públicas. Fueron invitados a enseñar en prisiones, negocios, departamentos de bomberos y policía, y en un inmenso orfanato. Alrededor de 100 niños y niñas que habían sido abandonados, abusados, y dejados en cargo de un programa del gobierno, estaban en este orfanato. Ellos relatan la historia con sus propias palabras.

Se acercaban los días de las fiestas navideñas de 1994, tiempo de que nuestros huérfanos escucharan por primera vez la historia tradicional de Navidad. Les contamos cómo María y José llegaron a Belén. No encontraron albergue en la posada y la pareja se fue a un establo, donde nació el niño Jesús y fue puesto en un pesebre.

Durante el relato de la historia, los niños y trabajadores del orfanato estaban asombrados mientras escuchaban. Algunos estaban sentados al borde de sus taburetes, tratando de captar cada palabra. Terminando la historia, le dimos a los niños tres pequeños pedazos de cartulina para que construyeran un pesebre. A cada niño le dimos un pedazo de papel cuadrado cortado de unas servilletas amarillas que yo había traído conmigo, pues no había servilletas de colores en la ciudad.

Siguiendo las instrucciones, los niños rasgaron el papel y colocaron las tiras con mucho cuidado en el pesebre. Pequeños pedazos de cuadros de franela, cortados de un viejo camisón de dormir que había desechado una señora americana al irse de Rusia, fue usado para la frazada del bebé. Un bebé tipo muñeca fue cortado de una felpa color canela que habíamos traído de los Estados Unidos.

Los huérfanos estaban ocupados montando sus pesebres, mientras yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban ayuda. Parecía ir todo bien hasta que llegué a una de las mesas donde estaba sentado el pequeño Misha. Parecía tener alrededor de 6 años y ya había terminado su proyecto. Cuando miré en el pesebre de este pequeño, me sorprendió ver no uno, sino dos bebés en el pesebre. Enseguida llamé al traductor para que le preguntara al chico por qué había dos bebés en el pesebre. Cruzando sus brazos y mirando a su pesebre ya terminado, empezó a repetir la historia muy seriamente.

Para ser un niño tan pequeño que sólo había escuchado la historia de Navidad una vez, contó el relato con exactitud... hasta llegar a la parte donde María coloca el bebé en el pesebre. Entonces Misha inventó su propio final de la historia diciendo:
-Y cuando María colocó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar adonde ir. Yo le dije: "No tengo mamá y no tengo papá, así que no tengo dónde quedarme". Entonces Jesús me dijo que me podía quedar con él. Pero le dije que no podía porque no tenía un regalo para darle, como habían hecho los demás. Sin embargo tenía tantos deseos de quedarme con Jesús, que pensé que podría darle un buen regalo. Le pregunté a Jesús: "Si te mantengo caliente, ¿sería eso un buen regalo?". Jesús me contestó: "Si me mantienes caliente, ese sería el mejor regalo que me hayan dado". Así que me metí en el pesebre, y entonces Jesús me miró y me dijo que me podría quedar con él... para siempre.

viernes, 26 de marzo de 2010

Los tres árboles

En lo más alto de una montaña había tres pequeños árboles que habían crecido próximos y hablaban a menudo entre sí de lo que querían llegar a ser.

El primer árbol decía: "A mí me gustaría llegar a ser un cofre. Quiero contener tesoros y ser llenado de riquezas. Seré el cofre con el tesoro más grande del mundo". El segundo arbolito soñaba: "Yo seré un gran barco. Llegaré a viajar por aguas terribles y a llevar a poderosos reyes sobre mí. Seré el barco más importante del mundo". El tercero decía: "A mí me encantaría quedarme para siempre en este monte, y crecer tanto que la gente al mirarme alce los ojos al cielo y piense en Dios. Seré el árbol más alto del mundo".

El tiempo transcurrió, cayó la lluvia y brillo el sol, y los tres arbolitos crecieron mucho y se convirtieron en robustos árboles con grandes copas de hojas verdes, ramas extensas y buena madera. Por eso, cierto día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña para talar los magníficos árboles.

El primer leñador se dijo que estaba ante un hermoso árbol que le serviría muy bien para sus propósitos, por lo que lo cortó. Mientras caía, el primer árbol pensaba: "Ahora me convertirán en el cofre con el mejor tesoro del mundo". El segundo leñador, mirando para el otro fuerte árbol, comentó que era perfecto para él, y, a u golpe de hacha, el segundo árbol cayó. "Ahora me convertirán en un importante barco, navegaré por aguas terribles y sobre mí irán reyes poderosos y temidos". El último leñador se acercó al árbol restante, el que deseaba quedarse allí, mientras él se sentía abatido al ver la intención del leñador, el cual ni siquiera se molestó en mirar al pobre árbol, pues pensaba: "Cualquier árbol me sirve". Y le hizo caer. El árbol se lamentaba: "Yo solamente deseaba quedarme aquí y apuntar hacia Dios..."

El primer árbol se emocionó cuando vio que le llevaban a una carpintería, pero el carpintero no hizo un cofre con su madera, sino que lo convirtió en un comedero para animales. La desilusión del árbol fue muy grande cuando se vio cubierto de serrín y paja, y de cebada para los animales.

El segundo árbol se puso muy contento al ser llevado cerca de un embarcadero, aunque no hicieron con él un majestuoso barco, sino un pequeño y endeble bote de pesca, tan simple que sólo servía para navegar por un lago cercano, al que fue llevado.

El tercer árbol no sabía lo que estaba pasando. Lo cortaron para hacer tablas y le abandonaron en un almacén.

Y pasó el tiempo; tanto, que a los tres árboles casi se olvidaron de sus sueños.

Pero en una noche oscura, la luz de una estrella iluminó al primer árbol, cuando una joven posó sobre el comedero a su hijo recién nacido. "Me gustaría haberle hecho una cuna al niño", dijo el esposo. "Éste es un hermoso pesebre". Y el árbol supo que contenía el mayor tesoro del mundo.

Una tarde, un hombre y sus amigos subieron al bote de pesca construido con la madera del segundo árbol. El hombre se quedó dormido mientras el árbol hecho bote navegaba tranquilamente por el lago. De pronto, una terrible tormenta irrumpió en el lugar y el lago se vio azotado por un viento huracanado y una lluvia torrencial. De pronto, el hombre que dormía se levantó, y con un gesto suyo la tormenta se detuvo al instante. Fue entonces cuando el segundo árbol comprendió que era el barco más importante del mundo, porque llevaba navegando sobre él al Rey del Cielo y de la Tierra.

Un viernes por la mañana, el tercer árbol se extrañó cuando cogieron del almacén sus tablas. Se asustó al ser llevado en la espalda de un hombre que caminaba a duras penas entre una muchedumbre enfurecida que le gritaba, le escupía y le insultaba. Se horrorizó cuando unos soldados clavaron las manos y los pies del hombre en su madera, y se sintió cruel y horrendo al llenarse de su sangre. Pero el domingo por la mañana, cuando un sol radiante brilló en el cielo y la tierra tembló, el tercer árbol supo que cuando la gente le mirara tendría presente a Dios. Y eso era mucho mejor que ser el árbol más alto del mundo