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domingo, 2 de junio de 2013

Un error perfecto

Mi abuelo amaba la vida - especialmente cuando podía hacerle una broma a alguien. Hasta que un frío domingo en Chicago, mi abuelo pensó que Dios le había jugado una broma. Entonces no le causó mucha gracia. Él era carpintero. Ese día particularmente había estado en la Iglesia haciendo unos baúles de madera para la ropa y otros artículos que enviarían a un orfelinato a China. Cuando regresaba a su casa, metió la mano al bolsillo de su camisa para sacar sus gafas, pero no estaban ahí. Él estaba seguro de haberlas puesto ahí esa mañana, así que regresó a la Iglesia. Las buscó, pero no las encontró. Entonces se dio cuenta de que las  lentes se habían caído del bolsillo de su camisa, sin él darse cuenta, mientras trabajaba en los baúles que ya había cerrado y empaquetado. ¡Sus nuevas gafas iban camino a China! La Gran Depresión estaba en su apogeo y mi abuelo tenía 6 hijos. Había gastado 20 dólares en esas gafas.
-No es justo -le dijo a Dios mientras regresaba frustrado a su casa-. Yo he hecho una obra buena donando mi tiempo y mi dinero y ahora esto...

Varios meses después, el director del orfelinato estaba de visita en Estados Unidos. Quería visitar todas las Iglesias que lo habían ayudado cuando estaba en China, así que llegó un domingo por la noche a la pequeña Iglesia a donde asistía mi abuelo en Chicago. Mi abuelo y su familia estaban sentados entre los fieles, como de costumbre. El misionero empezó por agradecer a la gente por su bondad al apoyar al orfelinato con sus donaciones. 
-Pero más que nada -dijo-, debo agradecerles por las lentes que mandaron. Verán, los comunistas habían entrado al orfelinato, destruyendo todo lo que teníamos, incluyendo mis gafas. ¡Estaba desesperado! Aun y cuando tuviera el dinero para comprar otras, no había donde. Además de no poder ver bien, todos los días tenía fuertes dolores de cabeza, así que mis compañeros y yo estuvimos pidiendo mucho a Dios por esto. Entonces llegaron sus donaciones. Cuando mis compañeros sacaron todo, encontraron unas gafas encima de una de las cajas. 

El misionero hizo una larga pausa, como permitiendo que todos digirieran sus palabras. Luego, aún maravillado, continuó:
-Amigos, cuando me puse las gafas, eran como si las hubieran mandado hacer justo para mí. ¡Quiero agradecerles por ser parte de esto!
Todas las personas escucharon, y estaban contentos por las lentes milagrosas. Aunque el misionero debió haberse confundido de Iglesia, pensaron. No había ningunos lentes en la lista de productos que habían enviado a China. Pero sentado atrás en silencio, con lágrimas en sus ojos, un carpintero ordinario se daba cuenta de que el Carpintero Maestro lo había utilizado de una manera extraordinaria. 
Cheryl Walterman Stewart

sábado, 21 de abril de 2012

La balanza

Una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba tristeza, entró a una tienda, se acercó al dueño y de manera humilde preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito; con voz suave explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar; tenían siete niños y necesitaban comida. El dueño no aceptó y le solicitó que abandonara la tienda.

Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia, la mujer le rogó:
-Por favor, señor, se lo pagaré tan pronto como pueda.

El dueño le dijo que no podía darle crédito, ya que no tenía una cuenta de crédito en su tienda. De pie, cerca del mostrador, se encontraba un cliente que escuchaba la conversación entre ambos. El cliente se acercó y le dijo al dueño de la tienda que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara para su familia. El dueño, con la mosca detrás de la oreja, preguntó:
- ¿Tiene usted una lista de compras?

-Sí, señor -dijo ella.

-Está bien -repuso el dueño-. Ponga su lista en la balanza de platos y lo que pese su lista le daré en comestibles.

La mujer titubeó por un momento y cabizbaja buscó en su cartera un pedazo de papel, escribió algo en él y lo puso, triste aún, en uno de los platos de la balanza. Los ojos del dueño y del cliente se llenaron se asombro cuando el plato de la balanza donde estaba el papel se hundió hasta el fondo y se quedó así.

El dueño, sin dejar de mirar la balanza, dijo:
-No me lo puedo creer...

El cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles en el otro plato de la balanza. La balanza no se movía, por lo que continuó poniendo más y más comida hasta que se llenó. El dueño se quedó pasmado de asombro. Finalmente, tomó el pedazo de papel y lo miró... ¡No era una lista de comrpa! Era una oración que decía: Querido Señor, tú conoces mis necesidades, y yo voy a dejar esto en tus manos.

El dueño de la tienda le entregó los comestibles que había pesado y se quedó allí en silencio. La mujer lo agradeció y abandonó la tienda. El cliente entregó un billete al dueño de la tienda y le dijo:
-Ahora sabemos cuánto pesa una oración...

martes, 26 de julio de 2011

El rabino

Los habitantes de un pequeño pueblo judío se preguntaban por qué el rabino desaparecía misteriosamente las vísperas de sábado y, habiéndose reunido, pensaron que tenía misteriosos encuentros con el Todopoderoso, ya que era un hombre muy espiritual. Decidieron, por tanto, que uno de ellos les seguiría cuando se “escapara” para averiguar qué hacía.

El día concertado, el hombre encargado de seguirle observó con asombro como se retiraba y se disfrazaba de un pobre mendigo y acudía a la cabaña de un inválido para prepararle la comida del sábado y limpiarle la casa, y otro tanto hacía en casa una anciana pobre.
Cuando el “espía” regresó, los demás le preguntaron con interés:

- ¿Has visto ascender a nuestro rabino a los cielos?

- No -contestó él-, le he visto ascender mucho más arriba.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El Invitado de Nochebuena

Cierto día de diciembre, en casa de un matrimonio muy adinerado, llamaron a la puerta. Cuál fue la sorpresa de la mujer de la casa cuando se encontró frente a un ángel.
- Esta Navidad, Jesús va a venir a cenar a vuestra casa -dijo, y desapareció.

Nada le dio tiempo a decir a la mujer que, emocionada ante la idea de ver sentado a su mesa a Nuestro Señor, se puso enseguida a hacer los preparativos. Compró manjares sabrosos y bebidas espumosas; salmón, carnes, frutas exóticas, champán, tartas, turrones y mazapanes; exquisitas viandas de lujo.

La esperada Nochebuena llegó, y la mujer se puso a cocinar toda la tarde para que todo quedase perfecto y tan especial invitado viese lo bien que lo esperaban. Se encontraba haciendo una deliciosa salsa para la carne, cuando llamaron al timbre de la casa. Dejó la cocina y fue a abrir. Se encontró con una mujer indigente, embarazada y envuelta en harapos.
-Déme algo de dinero... Por favor, no tengo medios, no tengo nada, por favor, por favor...- suplicó con un hilo de voz.

- Ahora mismo estoy ocupada, vaya a pedirle a otro- contestó molesta, con tono rudo.

Cuando volvió a la cocina, pensando en lo inoportuno de aquella interrupción, ya se había enfriado la salsa. Enfadada, continuó el trabajo hasta terminar con la carne. ¡Qué plato tan suculento! Se puso entonces a hacer la tarta de chocolate. Estaba amasando harina, huevos y azúcar cuando llamaron de nuevo a la puerta. De mala gana, se acercó de nuevo y se encontró con un grupo de niños que, con un cancionero en la mano, se disponían a entonar un villancico si ella no les hubiese cortado:
- Niños, no tengo tiempo para villancicos, ¡estoy muy ocupada!

Los niños, algo amedrentados, aún le pidieron el aguinaldo navideño. La señora, pensando en lo descarados que eran semejantes mocosos, les cerró la puerta, airada. ¿Es que iba a tener que perder más tiempo?

Habían llegado las ocho, y ya sólo faltaba cortar el turrón. Estaba poniendo sumo cuidado en cortarlos del mismo tamaño cuando volvió a sonar el timbre; sobresaltada, partió mal el trozo de turrón. La mujer estaba que echaba humo. Fue a zancadas a la puerta y abrió de sopetón, encontrándose a un anciano demacrado vestido con una camisa raída y unos pantalones rotos acurrucado en el suelo. Parecía un saco de huesos de lo delgado que estaba, y sus ojos, hundidos en las cuencas, estaban rodeados de unas gruesas ojeras y nublados.
- ¿Tiene... algo... de comida...?- consiguió articular.

- ¡Estaba intentando hacerla cuando viniste a incordiar! -repuso, fuera de sus casillas, y cerró.

¡Ya apenas le iba a dar tiempo! Terminó con el turrón, sacó la vajilla nueva y colocó todo en su sitio. Estaba perfecto.

Entonces cayó en la cuenta de que no sabía cuándo iba a venir Jesucristo a su casa. Se sentó y esperó.

Pero llegaron las diez, las once, las doce... y nadie apareció en casa. "¿Acaso el ángel me habrá mentido?", se le ocurrió. En ese momento apareció, y ella aprovechó para preguntarle:
- ¿Dónde está Jesús? ¿No me habías dicho que vendría esta noche?

- Tres veces ha intentado entrar en tu casa y tu no se lo has permitido: como la mujer indigente, como los niños y como el anciano pobre. Has perdido la oportunidad de que nazca en tu casa esta Navidad.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El mundo en miniatura

Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes en la actualidad, sería algo como esto:

  • Habría: 57 asiáticos, 21 europeos, 4 personas del hemisferio oeste (tanto norte como sur) y 8 africanos.
  • 52 serían mujeres, 48 hombres, 70 no serían blancos, 30 serían blancos, 70 no cristianos, 30 cristianos.
  • 6 personas poseerían el 59% de la riqueza de toda la aldea y los 6 (¡sí, 6 de 6!) serían norteamericanos. De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas.
  • 70 serían incapaces de leer, 50 sufrirían de malnutrición. 1 persona estaría a punto de morir, 1 bebé estaría a punto de nacer. Sólo 1 (¡sí, sólo 1!) tendría educación universitaria.
  • En esta aldea habría 1 persona con ordenador.

Al analizar nuestro mundo desde esta perspectiva tan comprimida es cuando se hace más apremiante la necesidad de aceptación, entendimiento y educación.

Ahora reflexiona… Si te has levantado esta mañana con más salud que enfermedad, entonces eres más afortunado que los millones de personas que no sobrevivirán esta semana.

Si nunca has experimentado los peligros de la guerra, la soledad de estar encarcelado, la agonía de ser torturado o las punzadas de la inanición, entonces estás por delante de 500 millones de personas.

Si puedes acudir a la iglesia sin temor a ser humillado, arrestado, torturado o muerto… entonces eres más afortunado que 3.000 millones (3.000.000.000) de personas en el mundo.

Si tienes comida en la nevera, ropa en el armario, un techo sobre tu cabeza y un lugar donde dormir, eres más rico que el 75% de la población mundial.

Si guardas dinero en el banco, en tu cartera y tienes algunas monedas en la mesita… ya estás entre el 8% más rico de este mundo.

Si tus padres aún viven… eres una persona MUY rara.

Si puedes leer esta entrada, eres mucho más afortunado que los más de 2.000.000.000 de personas en este mundo que no pueden leer.

viernes, 24 de septiembre de 2010

El silencio de Dios

Cuenta una antigua leyenda noruega que un hombre llamado Haakon cuidaba de una ermita situada en lo alto de un monte. A ella acudían muchos fieles para orar con devoción. En la ermita había una gran cruz de madera muy antigua, y multitud de personas acudían para pedir un milagro.

Un día, el ermitaño Haakon, impulsado por un sentimiento generoso, quiso pedir un favor. Arrodillándose ante la cruz, dijo:
- Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu lugar en la cruz.

Y entonces, el Señor habló:
- Así sea, Haakon, pero has de cumplir una condición: suceda lo que suceda, has de guardar siempre silencio.

El ermitaño contestó:
- ¡Sí, Señor, estoy dispuesto!

Y cambiaron los puestos. Nadie reconoció a Haakon colgado en la cruz, quien, por largo tiempo, cumplió la promesa. Jamás decía nada.

Sucedió un día que un rico, después de orar allí, se olvidó la cartera, llena de dinero, pero Haakon no dijo nada. Tampoco habló cuando un pobre, apenas un rato después, llegó allí y cogió la cartera del rico. Más tarde esntró un muchacho, que, postrado en el altar, pedía a Dios su gracia para emprender un largo viaje. Mas en ese momento regresó el rico en busca de la cartera. Como no la encontró, pensó que el joven se la había robado y arremetió furioso contra él.

Entonces, Haakon no soportó más la situación y gritó desde la cruz:
- ¡Detente! - y, defendiendo al joven, increpó al hombre rico explicándole la situación.

Este, sorprendido, salio de la ermita. Poco después se retiró el joven también, pues debía emprender aquel importante viaje.

Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió al ermitaño y le dijo:
- Baja de la Cruz. No has sabido ocupar mi puesto al no guardar silencio.

- Pero, Señor, ¿cómo iba a permitir semejante injusticia?

Jesús subió de nuevo a la cruz y habló así a Haakon:
- Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le impedirían realizar el viaje en un barco que acaba de zozobrar y en el que ha perdido la vida. Tú no lo sabías. Yo sí; por eso callo.

Y el Señor nuevamente guardó silencio

sábado, 29 de agosto de 2009

El rico pobre

Un día, el padre de una familia muy rica llevó a su hijo al campo para que viese lo pobres que eran los que allí vivían. Después de pasar un día y una noche en casa de una familia de campesinos que residía en una humilde casita, mientras regresaban en coche a casa, el padre le preguntó a su hijo:
– ¿Has visto lo pobre que puede llegar a ser la gente?
– ¡Sí, papá! – respondió el niño
– ¿Y qué has aprendido del viaje?

El niño reflexionó un instante y respondió a continuación:
– Aprendí que nosotros tenemos un perro y ellos tres perros, un gato y dos vacas. Que nosotros tenemos una piscina y ellos un río. Que nosotros tenemos en el patio unas lámparas compradas y ellos tienen las estrellas. Que nosotros tenemos un jardín que llega hasta un muro y ellos tienen el campo.

Y añadió:
– Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos.