viernes, 16 de marzo de 2012

Paso mis días al amparo de Dios

Paso mis días buscando… al amparo de Dios.
Muchas veces desconozco el camino y no sé qué hacer. Es como si una venda cubriera mis ojos. Entonces recuerdo estas palabras de Jesús, que me aclaran el panorama: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Y todo vuelve a tener sentido.
Descubro que Él es el mejor camino que puedo tomar. Y empiezo a transitarlo confiado.
Paso mis días en familia, viendo crecer a mis hijos, descubriendo el mundo que los rodea, escribiendo, armando nuevos libros, tratando de hacer las cosas bien.
Hace mucho decidí dejar de preguntarlo todo, de cuestionarme, de analizar el por qué de las cosas. Sencillamente confío. Confío con la ingenuidad de un niño que va de la mano de su padre.
A menudo me cuesta, porque como todos, enfrento dificultades.
Paso mis días tratando de encontrar a Dios. Y todo el tiempo lo he tenido en mí. Y yo he estado en Él. Pero a veces somos tan ciegos que no vemos lo evidente. Somos templos de Dios. Yo, tú, aquél.
Es lo que descubrió san Agustín después de una larga búsqueda. Que Dios siempre estuvo con él… sólo que Agustín no podía verlo, ni experimentarlo, si sentirlo. Y un buen día pasó.  Dios estaba allí, tangible, verdadero, vivo, reconocible.
Es el Dios que he encontrado. Un Dios que también es mi Padre. Y nos ama. Un Dios tierno y bueno.
Hace algún tiempo acompañé a un amigo que repartiría la santa Comunión en un Hospital para enfermos de cáncer. En el camino osadamente le dije a Jesús: “Dame la gracia de verte y reconocerte”.
Empezamos  a llevar la comunión a los enfermos. Recuerdo que antes de entrar a cada cuarto pensaba: “¿Eres tú?” Pero no obtenía respuesta. Faltaba una habitación  y entramos. En ella vi a una persona completamente llagada, adolorida, irreconocible.
Sentí en mi interior esta dulce voz que me decía: “Soy yo”.
No lo soporté. Tanto dolor me llegó al alma y tuve que salir. Me encontré con Jesús en aquél enfermo y no fui capaz de abrazarlo, ni consolarlo ni sonreírle.
Le conté a un sacerdote amigo y me dijo: “No amaste lo suficiente”. Lo miré sin comprender y me explicó: “De haber amado un poquito más, habrías tenido fuerzas para permanecer y mirarlo con ese amor que proviene de Dios, y darle palabras de consuelo”.
Paso mis días tratando de compartir estas vivencias que a menudo me sorprenden.  Como aquella vez que me fui a quejar con Él. Me paré inquieto frente al Sagrario y exclamé: “Ayúdame”.  Al segundo sentí una mano que tocó mi hombro y escuché una voz profunda que decía: “Ayúdame”.  Me volteo y tengo frente a mí a un hombre lisiado que estaba en pie con mucha dificultad. Volvió a repetir: “Ayúdame”. Miré al sagrario, sonreí y le dije a Jesús: “Te las sabes todas”.
Comprendí  que somos sus manos y sus pies en esta tierra y que estamos para ayudar a todo el que podamos. Olvidé mis dificultades y atendí a este hombre que tenía más necesidades que yo.
Paso mis días tratando de sacar adelante a mi familia,  cometiendo errores, equivocándome… y a veces, haciendo algo bien.
La verdad ya no me preocupo por mis caídas. Lo único que nos queda es aprender y levantarnos nuevamente.
A mi edad he aprendido que todo se basa en confiar. Aunque cueste hay que confiar. A pesar de todo hay que confiar. Dios nos da su gracia en la medida de nuestra confianza. Por eso nos enseña a confiar y nos poda como el buen jardinero poda el arbusto… para robustecerlo.
Paso mis días esperando, con la ilusión de nuevas aventuras, con mi esperanza puesta en Dios, mi Padre, tu Padre, nuestro Padre.
Claudio de Castro