jueves, 26 de mayo de 2016

¿Bendición o desgracia?

Hace mucho tiempo, en una pequeña aldea del norte de China, vivía un labrador viudo con su hijo. Sus posesiones se limitaban al terruño, la pequeña casa de paja y un caballo que había heredado de su padre. Pero cierto día el caballo se escapó, dejando al hombre sin animal para labrar la tierra. Sus vecinos, que le tenían en gran estima por su honestidad y laboriosidad, acudieron a su casa para expresarle su solidaridad ante lo ocurrido. Él, al ver que lamentaban el hecho, agradeció la visita, pero les dijo:
- ¿Cómo podéis saber que lo que ocurrió ha sido una desgracia?

Los vecinos, atónitos, fueron saliendo. Algunos comentaban entre sí: «No quiere aceptar la realidad; dejemos que piense lo que quiera, con tal de que no se entristezca por lo ocurrido».

Una semana después, el caballo retornó al establo, pero no venía solo: le acompañaba una hermosa yegua blanca. Al saber de esto, los vecinos de la aldea retornaron a casa del labrador para felicitarlo por su suerte y la sabiduría de sus palabras, que ahora comprendían. Le dijeron:
- ¡Felicidades! Antes tenías un caballo, ¡y ahora tienes dos!

Pero él respondió:
- Muchas gracias por vuestra visita y por vuestra amabilidad, pero, ¿cómo podéis estar seguros de que lo sucedido es una bendición para mi vida?

Estupefactos, los vecinos se marcharon. Muchos pensaron que se estaba volviendo loco, y comentaban entre sí cómo era posible que no comprendiera que Dios le enviaba un regalo.

Poco tiempo después, el hijo del labrador decidió domesticar la yegua. Pero nada más acercarse, el animal saltó sobre él de forma inesperada, y el chico cayó sobre sí mismo, partiéndose una pierna. Los vecinos retornaron a casa del labrador con regalos para el joven herido, y muchos de ellos presentaron sus condolencias al padre manifestándole su tristeza por lo ocurrido. Él agradeció la visita y el cariño, pero repuso:
- ¿Cómo podéis saber si lo sucedido es una desgracia para nosotros?

Todos los presentes se quedaron desconcertados. En esta ocasión no hacía duda de que el hecho de que un hijo tuviera un accidente y pudiera quedarse cojo para siempre era una desgracia. Comentaban al salir de la casa que realmente se había vuelto loco si no caía en la cuenta de lo trágico del asunto.


Transcurrieron algunos meses y Japón declaró la guerra a China. El emperador ordenó que todos los jóvenes saludables se enrolasen en el ejército para ir al frente de batalla. Al llegar a la aldea sus emisarios, reclutaron a todos los jóvenes excepto al hijo del labrador, que estaba con la pierna rota. Ninguno de los muchachos retornó vivo. El hijo se recuperó, los dos animales dieron crías que fueron vendidas y rindieron un buen dinero. El labrador pasó a visitar a muchos de sus vecinos que habían perdido a sus hijos en la guerra para consolarlos y ayudarlos ya que se habían mostrado solidarios con él en todos los momentos. Siempre que alguno de ellos se quejaba, el hombre decía:

- ¿Cómo sabes si esto es una desgracia?

Y si alguien se alborozaba, él preguntaba:
-¿Cómo sabes si eso es una bendición?

Así fue como en aquella pequeña aldea china los hombres comprendieron que todo tiene un significado más allá de las apariencias

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