sábado, 28 de febrero de 2009

El paquete de galletas

Cierto día una señora fue a la estación a tomar un tren para efectuar un viaje. Al ver que se retrasaría, se dirigió a la tienda a comprar agua y un paquete de galletas, resignada a esperar durante toda una hora, como mínimo, la llegada del tren.

Se sentó en un banco en el que había un joven leyendo el periódico. Entonces el hombre metió una mano en el paquete de galletas y cogió una despreocupadamente, para luego metérsela en la boca con gesto indiferente. La señora se quedó boquiabierta. ¿Cómo podía tolerar eso? ¡Qué desfachatez! ¡Era su paquete!Desafiante, metió una mano en la caja, extrajo una galleta de su interior y se la mostró al joven, pasándola por delante de su cara varias veces antes de tragarla. Él sonrió y cogió otra galleta. La señora sin rendirse tomó otra, masticando ruidosamente. Estuvieron así hasta que sólo quedó una en el paquete. "No se atreverá a coger la última... ", pensó ella. Entonces el joven la cogió y la partió cuidadosamente a la mitad. Le dio una mitad a ella.

-¡Gracias!-replicó mordazmente.
-De nada-respondió él con una sonrisa.

Entonces llegó el tren de la señora y ella se marchó muy indignada. Al subir en él se percató de que tenía sed y, cuando fue a abrir su bolso para coger la botella de agua, vio a su lado el paquete de galletas INTACTO.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Estrellas de mar

Un día, caminando por la playa, me encontré a un anciano que recogía las estrellas de mar que la marea arrastraba hasta la orilla. Me acerqué, y observé cómo las estrellas que lanzaba de nuevo al mar volvían a la orilla, pero él las recogía y las volvía a poner en el agua. "Lo hace para que no mueran", pensé.

Entonces le dije:
-¿Por qué recoge las estrellas de mar, si luego regresan a la orilla? No tiene ninguna importancia.

Se giró, me sonrió y, agarrando una estrella de la orilla y lanzándola al mar, me respondió:
-¡Para ésta sí ha tenido importancia!

domingo, 30 de septiembre de 2007

El jugador de baloncesto

Había una vez un chico que vivía con su padre al que le encantaba el baloncesto. Desde muy pequeño le había apasionado ese deporte, y pertenecía al equipo de la escuela aunque siempre estaba en el banquillo de suplente. Aún así, su padre asistía a todos los partidos y le animaba siempre desde la grada. El muchacho creció y fue a la universidad, donde se apuntó en el equipo de baloncesto. Si le cogieron fue más por su ánimo contagioso que por su forma de jugar. Llamó a su padre cuando se lo anunciaron y se alegraron los dos.

Después de una larga temporada bastante buena en la que no salió a jugar en ningún partido, llegó la final en la que se decidiría si el equipo de su universidad ganaría o no. Ese día por la mañana, durante el entrenamiento, se le acercó el entrenador al muchacho y le dijo muy bajito:
- Verás, chico, es un poco difícil de decir, pero… tu padre ha muerto esta mañana. Acaba de llegar un telegrama.
El chico trago saliva y comenzó a temblar. El entrenador le abrazó y le dijo:
- Hijo, tómate la tarde libre y no vengas al partido de esta tarde. Lo siento mucho.
Y se fue.

Por la tarde el equipo no jugó muy bien. Durante la primera parte del partido apenas encestaron, y el otro equipo era muy bueno. Iban perdiendo por 40 puntos en el descanso, cuando de repente entró el chico en el vestuario y le dijo al entrenador que quería salir a jugar. El entrenador le dijo que no, pues no quería que su peor jugador saliese al campo.
- Por favor, entrenador, déjeme salir una vez. No le defraudaré. Necesito jugar este partido.
El entrenador al final accedió, pues el muchacho le daba pena. "Seguro que aún está afectado por la muerte de su padre", pensó.

El chico salió y comenzó a hacer unos pases increíbles y a meter canastas imposibles. Todos los espectadores estaban asombrados de ver al joven del banquillo, que jugaba como el mejor. Hasta el entrenador estaba admirado, pues no sabía de donde sacaba semejantes fuerzas y ánimo para jugar de ese modo. Faltaban dos minutos para el final del partido, y el muchacho sin ayuda de nadie había conseguido recuperar los puntos y empatar. En el último minuto, metió la canasta que les dio la victoria. El público, los jugadores y el entrenador comenzaron a aplaudir a rabiar, y al muchacho se le vio feliz.

Al finalizar el partido, se fue a una esquina del vestuario, solo. El entrenador se le acercó y le felicitó diciendo:
- Has jugado estupendamente. ¿Cómo es que hoy hiciste todas esas canastas en el campo? Nunca habías jugado así.

- Usted sabía que mi padre había muerto esta mañana, pero, ¿sabía usted que era ciego? - dijo el muchacho levantando la vista-. Cuando venía a los partidos lo hacía para alentarme, pero no me veía. Hoy era el primer día que podía verme jugar, y yo le quería demostrar que podía hacerlo.

martes, 24 de julio de 2007

El rompecabezas

Un científico estaba trabajando en su laboratorio cuando entró su hio de cinco años, dispuesto a ayudarle. El científico, que tenía mucho trabajo y no quería ser interrumpido, pensó en darle un entretenimiento al niño para que no le molestase. Recortó de una revista un mapa del mundo, lo cortó en muchos trocitos y se lo dio a su hijo junto con cinta adhesiva para que lo recompusiera. Como no había visto nunca ese mapa, el científico pensó que tardaría horas en hacerlo.

Cuál fue su sorpresa cuando, al cabo de unos minutos el niño le dijo:
-¡Ya está papá, ya lo terminé!

El científico se quedó sorprendido por unos momentos, pero se giró pensando que no vería más que una chapuza típica de un niño de cinco años. Sin embargo, el niño le mostraba el puzzle totalmente hecho y con todas las piezas en su sitio. Le preguntó asombrado:
-¿Cómo lo has hecho, hijo?

-¡Muy fácil, papá! Cuando lo recortaste de la revista, me di cuenta de que, por detrás del mapa, había dibujado un hombre. Cuando me diste los trocitos, les di la vuelta e hice el rompecabezas del hombre. Cuando terminé de arreglar el hombre, me di cuenta de que había arreglado el mundo...

miércoles, 11 de julio de 2007

Los ojos de Ana

Ana era una niña de cinco años muy alegre. Tenía el pelo negro y los ojos negros también. Su padre, su madre y sus hermanas tenían los ojos azules, pero ella había había nacido con los ojos muy negros. Ana quería tener los ojos de un azul tan intenso como el de su familia. Por eso una noche rezó así: "Señor, yo quiero tener unos ojos azules tan bonitos como los de mi mamá y mi papá y mis hermanitas, hermosos como el cielo y bonitos como el mar. Yo sé que eres un Padre bueno y me lo vas a conceder". Y se durmió con este pensamiento.

A la mañana siguiente se levantó corriendo y fue al espejo muy contenta para ver si sus ojos se habían vuelto azules. Y se vio a si misma en el espejo... con los ojos exactamente igual de negros. Se quedó un poco frustrada. ¿Por qué Dios no había cumplido su petición?

Ana fue creciendo y creciendo, y Dios la llamó para ser misionera. Ahora trabaja en la India, rescatando a los niños que van a ser sacrificados en los altares. Cada día por la mañana se pone un velo y se viste como cualquier mujer india, se maquilla un poco la cara para que su piel parezca más oscura y va al templo a rescatar a algún niño o niña. Cierto día, su compañera en la misión (que conocía a su familia) le comentó: "es una suerte que tengas esos ojos tan negros, Ana. Si los tuvieras tan azules como los de tus padres y hermanas, no podrías estar haciendo esta labor tan importante en la India".

domingo, 10 de junio de 2007

¿Se está quemando tu choza?

Un día zarpó un barco hacia alta mar, se trataba de un viaje de 50 días. En aquel barco iban 20 hombres y entre ellos se encontraba un fiel cristiano de quien todos en la tripulación se burlaban por sus férreas convicciones.

Una noche estalló el cuarto de máquinas y se hundió el barco, sobreviviendo únicamente el fiel cristiano al naufragio. Aquel hombre ahora se encontraba solo en una pequeña isla desierta. Estaba orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara. Todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.

Ya cansado de esperar, empezó a construir una pequeña cabaña para protegerse y proteger sus pocas posesiones. Un día se fue a pescar y regreso corriendo al ver que se quemaba su choza y no pudo salvar nada. Después de haber perdido todo, andubo vagando en la isla como sonámbulo, ya sin esperanza. El náufrago estaba confundido y enojado con Dios y llorando le decía: "¿Cómo pudiste hacerme esto?", y se quedó dormido sobre la hamaca.

A la mañana siguiente, muy temprano, escuchó asombrado la sirena de un buque que se acercaba a la isla. ¡Venían a rescatarlo!.

Al llegar sus salvadores él les preguntó: "¿Cómo sabían que yo estaba aquí?". Y ellos les respondieron: "Vimos las señales de humo que nos hiciste..."

viernes, 8 de junio de 2007

Buscando a Dios

Cuentan que, en cierta ocasión, Dios quiso distraer a las personas. Preguntó a los ángeles dónde podría esconderse.

Unos le aconsejaron que se escondiera en el Everest, un monte del Himalaya situado entre el Tíbet y el Nepal que, con sus 8848 m. de altura es el más alto del mundo. Forma una pirámide truncada, está constituado por calizas y tiene numerosos glaciares en sus vertientes, que originan ríos como el Kosi y el Arun. Allí sería muy difícil encontrarlo.

Otros ángeles le sugirieron que se escondiera en el bosque más espeso: la Amazonia, una región natural de América del Sur que comprende la cuenca del río Amazonas y regiones circundantes, y que está cubierta, en su mayor parte, por selva virgen. En ese lugar sería aún más complicado que le encontraran.

Hubo ángeles que le dijeron que se metiera en el océano más profundo, el Pacífico, comprendido entre las costas orientales de Asia y Australia y las occidenales de América, de 179.000.000 km².

O en la famosa biblioteca de Alejandría, ciudad de Egipto fundada por Alejandro Magno.

Y así continuaron proponiendo lugares, hata que un ángel le dijo a Dios: "Escóndete en el último lugar donde te suelen buscar: el corazón humano".